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La laicidad en la escuela: una docente alerta sobre la autocensura y las presiones comunitarias

La laicidad en la escuela no se reduce a un principio abstracto ni a la prohibición de los símbolos religiosos ostensibles. También se pone en juego en los intercambios cotidianos: cuando un alumno cuestiona un texto literario, rechaza una excursión escolar o considera que un tema no debería abordarse en nombre de sus convicciones.

Profesora de lenguas clásicas en secundaria desde hace más de veinte años, Delphine Girard relata en su obra Madame, vous n’avez pas le droit situaciones en las que alumnos intentan fijar por sí mismos los límites de lo que puede enseñarse. Su testimonio plantea una cuestión central: ¿cómo preservar la libertad pedagógica, el debate y un marco común en una escuela atravesada por las tensiones de la sociedad?

Cuando el alumno considera que puede prohibir un tema

El título elegido por la docente remite a una expresión que considera reveladora: «Señora, usted no tiene derecho». Ve en ella menos una simple objeción puntual que una conminación al silencio. Según ella, algunos alumnos procedentes de familias marcadas por un rigorismo religioso pueden considerar que sus prohibiciones personales deben imponerse en la clase y en la institución escolar.

Menciona, en particular, la preparación de una salida literaria dedicada a Los miserables, con una visita prevista al barrio parisino de Le Marais. Un alumno se había inquietado por la supuesta presencia de hombres homosexuales y había expresado temores basados en estereotipos. Cuando la docente le respondió, el alumno calificó la homosexualidad de «haram».

Este tipo de intercambio no se limita, en su relato, a una divergencia de opinión. Pone en juego la representación del otro, la posibilidad de circular por el espacio público y la capacidad de la escuela para corregir prejuicios sin humillar a los alumnos. La docente explica que optó por abrir la discusión en lugar de eludirla.

La literatura como espacio de emancipación

Delphine Girard no defiende la idea de una enseñanza reducida a lo que denomina un «catecismo republicano». Su función principal, recuerda, consiste en enseñar letras francesas, latinas y griegas. Para ella, la educación en el universalismo y el humanismo pasa también por las propias obras: Victor Hugo, Voltaire, los textos de la Ilustración, la mitología o las representaciones artísticas.

Este enfoque implica no retirar de un programa un texto crítico con las religiones, un cuadro mitológico con desnudos o una cuestión susceptible de herir ciertas sensibilidades. No se trata, según ella, de provocar deliberadamente a los alumnos, sino de no renunciar a un contenido legítimo anticipando una reacción.

El riesgo, cuando hay que evitar todo lo que pueda contradecir las normas de un grupo, es reducir progresivamente el campo de conocimientos accesibles. Delphine Girard formula este dilema con claridad: si solo se puede decir aquello que nunca ofende a nadie, el mínimo común denominador se convierte en el silencio.

Sin embargo, la escuela también tiene la función de confrontar a los alumnos con ideas, relatos y universos distintos de los suyos. Esta labor requiere un marco sereno, pero no puede basarse en la eliminación sistemática de los temas sensibles. Las dificultades encontradas en los centros se suman a otras preocupaciones relativas a las condiciones de aprendizaje, como la falta de docentes o la sobrecarga de las clases, mencionadas en nuestro artículo sobre las manifestaciones estudiantiles de secundaria y las reivindicaciones vinculadas a la escuela.

Una evolución percibida desde comienzos de los años 2000

La docente sitúa sus primeras preguntas al comienzo de su carrera, iniciada en 2004, año de la ley que regula el uso de signos o prendas que manifiesten ostensiblemente una pertenencia religiosa en las escuelas, institutos y liceos públicos. Recuerda entonces conversaciones con alumnos que cuestionaban determinados extractos de Voltaire dedicados a la crítica de las religiones.

En ese periodo, describe objeciones que podían ser intensas, pero que a menudo desembocaban, según ella, en intercambios enriquecedores. Considera que el clima se endureció tras los atentados de enero de 2015 contra Charlie Hebdo.

Delphine Girard atribuye también una parte de esta evolución a posicionamientos políticos sobre la laicidad, la sátira y la noción de islamofobia. Cuestiona, en particular, un cambio de postura de Jean-Luc Mélenchon después de las elecciones presidenciales de 2017. Esta interpretación corresponde a su análisis y su valoración política; ilustra la manera en que los debates nacionales pueden, según ella, influir en las conversaciones entre alumnos y docentes.

Cuestiona el uso que, a su juicio, confunde la crítica de una creencia con la hostilidad hacia las personas que se adhieren a ella. Esta distinción es esencial para el derecho al debate: respetar a los creyentes no implica sustraer las religiones, las doctrinas o las instituciones de toda discusión crítica.

Después de Samuel Paty y Dominique Bernard, el peso de la autocensura

El asesinato de Samuel Paty en octubre de 2020, seguido del de Dominique Bernard en octubre de 2023, marcaron profundamente al mundo docente. Delphine Girard describe el asesinato de Samuel Paty como un punto de inflexión: la posibilidad de que un profesor fuera asesinado en el ejercicio de su profesión, por un contenido enseñado, modificó la relación con el riesgo.

Afirma que algunas clases ordinarias pueden ser percibidas ahora como actos militantes cuando abordan una cuestión susceptible de ofender convicciones religiosas. Considera que una parte de los docentes elige entonces temas menos expuestos a las impugnaciones, por prudencia o por temor a consecuencias difíciles de controlar.

La autocensura no se mide únicamente por el abandono de un capítulo. Puede adoptar la forma de un texto que no se estudia, una imagen que no se muestra, un debate que no se inicia o una precisión histórica que se deja de lado. A largo plazo, esta contención puede debilitar la ambición intelectual de la escuela y la confianza entre el personal, los alumnos y las familias.

Rigorismo religioso y lógica de la «cancel culture»: una comparación debatida

Delphine Girard acerca dos fenómenos que considera distintos socialmente, pero comparables por sus efectos: por un lado, las impugnaciones basadas en un rigorismo religioso; por otro, una sensibilidad influida por referencias angloamericanas y una lectura comunitaria de la sociedad, denominada a veces «cancel culture».

Según ella, ambas lógicas pueden llevar a reclamar la retirada de una obra, una palabra o un tema porque ofende a un grupo. Su crítica no se dirige contra el reconocimiento de las discriminaciones ni contra el respeto debido a cada persona, sino contra la idea de que ningún contenido debería debatirse si corre el riesgo de incomodar a una comunidad.

El debate sobre las pertenencias, los estereotipos y las discriminaciones exige, por el contrario, distinguir a las personas de las representaciones que se les atribuyen. Esta vigilancia también es válida en la esfera íntima, como muestra nuestro dossier sobre el racismo y la exotización en las relaciones: reducir a una persona a un origen, una creencia o una identidad supuesta alimenta los prejuicios en vez de la comprensión.

El apoyo de la jerarquía, condición de la autoridad pedagógica

Para Delphine Girard, la respuesta no depende únicamente de la valentía individual de los profesores. Un docente solo puede ejercer su autoridad con serenidad en temas sensibles si sabe que puede contar con un respaldo rápido, coherente y duradero de toda su cadena jerárquica en caso de dificultad.

Este apoyo institucional es aún más importante cuando las impugnaciones nacen en el aula, se prolongan en las familias o adquieren una dimensión pública. De no existir, el docente puede dudar de su legitimidad, evitar los temas potencialmente conflictivos y restringir poco a poco sus prácticas.

Por tanto, la laicidad en la escuela no impone indiferencia ante las convicciones de los alumnos. Su objetivo es garantizar que estas no determinen el contenido de los saberes ni las normas comunes. Desde esta perspectiva, preservar la libertad de enseñanza, proteger al personal y mantener el diálogo son exigencias complementarias.

Preguntas frecuentes sobre la laicidad en la escuela

¿La laicidad prohíbe hablar de religiones en clase?

No. Las religiones pueden abordarse en un marco pedagógico, histórico, literario, artístico o filosófico. La laicidad garantiza, en particular, que los contenidos escolares no estén sometidos a las prescripciones de una creencia concreta.

¿Puede un alumno rechazar una clase en nombre de su religión?

El testimonio presentado subraya precisamente la dificultad que plantean tales impugnaciones. En el marco escolar, los programas y las enseñanzas no están determinados por las convicciones individuales de los alumnos.

¿Por qué la autocensura de los docentes es un reto?

Cuando un profesor renuncia a un texto, una obra o un debate por temor a las reacciones, el acceso de los alumnos a determinados conocimientos puede verse reducido. El apoyo institucional se presenta entonces como una palanca esencial para permitir que el personal enseñe en un marco claro y seguro.

Christiano Btf

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