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Golpes de Estado: comprender los mecanismos, los apoyos y la trampa de la inestabilidad

Un golpe de Estado designa la toma o el intento de toma del poder por la fuerza, al margen de los procedimientos constitucionales. Puede ser llevado a cabo por una parte del ejército, por responsables políticos respaldados por fuerzas armadas o por grupos que buscan neutralizar las instituciones existentes. Su desenlace no depende únicamente de la fuerza empleada: también está ligado a la estructura del Estado, la solidez de las instituciones, el contexto social y las reacciones tanto nacionales como internacionales.

Desde el final de la Segunda Guerra Mundial, se habrían registrado más de mil intentos de golpe de Estado en el mundo. Algunos fracasaron rápidamente, mientras que otros provocaron cambios de régimen prolongados. Bolivia es citada a menudo entre los países más afectados, con numerosos golpes consumados, intentos y conspiraciones desde 1945. Esta repetición pone de relieve un fenómeno central: la inestabilidad política puede instalarse como un ciclo.

¿Por qué algunos Estados son más vulnerables?

Los golpes de Estado no ocurren por casualidad. Se desarrollan con mayor facilidad cuando el poder está concentrado, es cuestionado o se encuentra debilitado. En un sistema en el que las decisiones dependen en gran medida de una persona o de un círculo muy reducido, la destitución de ese centro de mando puede desestabilizar todo el aparato estatal.

La geografía institucional también cuenta. Cuando los principales centros del poder político, administrativo, militar y mediático se concentran en una misma capital, una crisis en la cúpula puede tener efectos muy rápidos. Por el contrario, la distribución de competencias entre varias ciudades, administraciones o niveles territoriales dificulta la captura del Estado por un único grupo.

Sin embargo, la fortaleza de las instituciones constituye el factor decisivo. Un gobierno puede ser muy impopular sin que el orden constitucional se derrumbe. Asambleas capaces de reunirse, una justicia independiente, una administración organizada y una movilización cívica pueden limitar los efectos de un intento de ruptura. Corea del Sur ilustra esta importancia institucional: tras un periodo marcado por varios golpes de Estado entre 1960 y 1980, su evolución democrática reforzó la capacidad de resistencia del orden constitucional.

En 2024, el intento del presidente Yoon Suk-yeol de imponer la ley marcial fue bloqueado por la Asamblea Nacional, mientras los manifestantes se movilizaban. Posteriormente fue destituido y encarcelado, según los elementos mencionados. Este episodio recuerda que una crisis en la cúpula no produce automáticamente un cambio de régimen: la reacción de los contrapoderes y de la sociedad sigue siendo determinante.

El papel del ejército y de los aparatos de seguridad

En la mayoría de los golpes de Estado, el control de las fuerzas armadas o de una parte significativa de ellas es una cuestión fundamental. Los militares disponen de los medios coercitivos del Estado y suelen ocupar un lugar particular durante las crisis. Sin embargo, un ejército nunca actúa como un bloque homogéneo: las rivalidades jerárquicas, los intereses divergentes, las lealtades institucionales y las divisiones políticas pueden decidir el destino de un intento.

Los cambios de régimen por la fuerza también se basan en la capacidad de imponer un relato de legitimidad. Los autores de un golpe presentan con frecuencia su acción como una respuesta a la corrupción, la inseguridad, una crisis económica o la supuesta impotencia de las autoridades civiles. Estos argumentos pueden encontrar eco entre una población golpeada por las dificultades cotidianas, sin que por ello garanticen una estabilización duradera.

El caso de Malí, donde el presidente Ibrahim Boubacar Keïta fue derrocado en agosto de 2020 y una junta dirigida por Assimi Goïta tomó el poder, también muestra la importancia de los apoyos públicos. El cantante Salif Keïta expresó su apoyo a las autoridades surgidas de este cambio de régimen y se convirtió en asesor especial del jefe de Estado. El reconocimiento simbólico por parte de personalidades populares puede contribuir a la búsqueda de legitimidad, pero no sustituye ni a un marco institucional sólido ni a un consenso político duradero.

Las influencias extranjeras, entre apoyo e intervención

Los golpes de Estado se inscriben regularmente en relaciones de fuerza internacionales. Durante la Guerra Fría, varias potencias apoyaron, directa o indirectamente, cambios de régimen cuando sus intereses geopolíticos, económicos o militares estaban en juego.

El derrocamiento del presidente gabonés Léon M’ba en febrero de 1964 es un ejemplo de la importancia de un respaldo exterior. Tras el arresto del presidente y la instauración de un gobierno provisional dirigido por Jean-Hilaire Aubame, Francia intervino militarmente y restituyó a Léon M’ba en el poder. Este episodio subraya que un poder formalmente nacional puede seguir dependiendo de socios extranjeros capaces de modificar el equilibrio interno.

En Chile, la llegada al poder de Salvador Allende a comienzos de la década de 1970 suscitó la hostilidad de Estados Unidos. Washington trató de aislar financieramente al país y apoyó a opositores al gobierno, en un contexto de crisis económica y social. El 11 de septiembre de 1973, Augusto Pinochet dirigió el golpe de Estado que derrocó a Allende. Es imposible establecer con certeza qué habría ocurrido sin las acciones estadounidenses, pero estas contribuyeron a crear un entorno más favorable al derrocamiento.

Estas intervenciones exteriores no se limitan a un apoyo militar visible. Pueden adoptar la forma de respaldo financiero, intercambio de información de inteligencia, presión diplomática o aislamiento económico. La historia política de Camerún muestra asimismo hasta qué punto las relaciones de poder heredadas del periodo colonial y de la independencia pueden seguir siendo estructurantes. La represión de la UPC y la independencia bajo influencia francesa constituyen, a este respecto, un elemento importante de los debates sobre memoria y política en Camerún.

Tomar el poder no significa gobernar

El derrocamiento de un gobierno no resuelve las causas profundas de una crisis. Por el contrario, puede desorganizar la administración, intensificar los conflictos, debilitar la economía y alimentar la desconfianza hacia el Estado. Las nuevas autoridades suelen tratar de restablecer el orden, obtener reconocimiento internacional y convencer a la población de que la ruptura era necesaria.

Esta fase es especialmente arriesgada. Las organizaciones sindicales, los partidos, los medios de comunicación, los movimientos ciudadanos y las administraciones pueden impugnar el nuevo orden. En Bolivia, Alberto Natusch Busch tomó el poder mediante un golpe de Estado el 1 de noviembre de 1979, antes de verse obligado a abandonarlo apenas quince días después. La movilización social y una huelga general tuvieron un peso considerable en este fracaso.

Las autoridades surgidas de un golpe suelen prometer una transición y un retorno al orden electoral. La duración, las modalidades y la credibilidad de esta transición pasan entonces a estar en el centro de las tensiones. En Burkina Faso, la prolongación de la transición se cita como uno de los ejemplos contemporáneos de esta cuestión. Más allá de los anuncios, la estabilidad depende de la capacidad de restaurar reglas aceptadas, proteger las libertades públicas y hacer que las instituciones rindan cuentas ante la población.

La «trampa del golpe de Estado»: un ciclo difícil de romper

Cuantos más golpes de Estado conoce un país, más puede aumentar el riesgo de nuevos intentos. Cada derrocamiento por la fuerza normaliza la idea de que el poder puede conquistarse al margen de las instituciones. Debilita las reglas comunes, alimenta las rivalidades y ofrece un precedente a otras facciones, incluso dentro del aparato militar.

Este círculo vicioso no afecta únicamente a los dirigentes. Las poblaciones padecen las consecuencias de la incertidumbre: interrupción de la vida política, debilitamiento de los servicios públicos, presión económica, posible represión y dificultades para construir una confianza duradera. Por ello, los debates sobre la herencia de los regímenes autoritarios y sobre las estructuras políticas poscoloniales siguen siendo esenciales, como ilustra el análisis de la memoria de la guerra y de la Françafrique en Camerún.

Preguntas frecuentes

¿Qué distingue un golpe de Estado de una revolución?

Un golpe de Estado se basa por lo general en la acción de un grupo reducido que busca controlar rápidamente los centros de decisión. Una revolución implica, en principio, una movilización social más amplia y transformaciones políticas o sociales más profundas, aunque las fronteras entre estas nociones pueden debatirse según los contextos.

¿Por qué se repiten los golpes de Estado en algunos países?

La repetición puede explicarse por la debilidad de las instituciones, las divisiones dentro de las fuerzas armadas, la ausencia de reglas políticas reconocidas por todos, las crisis económicas o la existencia de precedentes que normalizan el recurso a la fuerza.

¿Basta un apoyo internacional para instaurar duraderamente un nuevo régimen?

No. Un respaldo exterior puede influir en una relación de fuerzas, pero no garantiza ni la aceptación de la población, ni la cohesión del Estado, ni la estabilidad a largo plazo. La legitimidad interna y la solidez de las instituciones siguen siendo determinantes.

Christiano Btf

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