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Por qué los jóvenes se casan menos: autonomía, coste de la vida y el reto del compromiso

¿Por qué los jóvenes ya no se casan? La respuesta no se debe ni a una supuesta incapacidad para amar ni a una simple falta de esfuerzo. El matrimonio no ha desaparecido, pero ocupa un lugar menos central en los itinerarios de vida. Ahora es posible vivir en pareja, tener hijos, comprar una propiedad, separarse o permanecer juntos de forma duradera sin casarse.

Las cifras que se citan a menudo ilustran este cambio: Francia habría pasado de más de 416.000 matrimonios en 1972 a unos 250.000 en 2025. Así, la tasa de nupcialidad habría pasado de 8,1 matrimonios por cada 1.000 habitantes a 3,7. Un ligero repunte anual no basta para borrar una tendencia de largo plazo: el matrimonio ya no organiza automáticamente la entrada en la vida adulta.

Este descenso no debe confundirse con un rechazo uniforme de la vida en pareja. Muchos jóvenes siguen deseando una relación estable, a veces hijos y un hogar. Sin embargo, las condiciones en las que conciben el compromiso han cambiado profundamente.

El matrimonio ya no es una necesidad material

Históricamente, el matrimonio también era una institución económica y social. Regulaba la transmisión del patrimonio, la filiación de los hijos, la organización del trabajo doméstico, la ayuda cotidiana y las alianzas entre familias. Esta realidad no hacía que las uniones de antes fueran necesariamente felices o equitativas: también existieron los matrimonios forzados, la dependencia económica y la violencia silenciada.

Pero la interdependencia material entre las parejas era mayor. Hoy, una mujer puede vivir de su trabajo, gestionar su patrimonio y criar a un hijo sin estar casada. Por su parte, los hombres también cuentan con una autonomía doméstica y con opciones de consumo que reducen la necesidad práctica de compartir un hogar.

Esta evolución es, ante todo, una conquista de libertad. Significa, en particular, que una persona no debería permanecer en una relación peligrosa o humillante por falta de recursos. Sin embargo, cuando la pareja ya no se basa en una necesidad económica, su duración depende más de la confianza, el diálogo, la fidelidad, la capacidad de atravesar los periodos difíciles y un proyecto elegido en común.

Una cultura de la opción permanente

Las aplicaciones de citas, las redes sociales y los contenidos digitales pueden instalar la idea de que siempre hay una opción mejor al alcance de la mano. El problema no es la existencia de estas herramientas ni el hecho de conocer a alguien en línea. Surge cuando la comparación se vuelve continua y toda frustración se interpreta como la prueba de que hay que volver a buscar en otra parte.

Sin embargo, una relación duradera incluye momentos menos gratificantes: cansancio, desacuerdos, dificultades económicas, enfermedad, disminución del deseo, la llegada de un hijo o la carga vinculada a padres que envejecen. Ninguno de estos elementos justifica soportar control, insultos o violencia. Es esencial distinguir una relación verdaderamente destructiva de un periodo normal de tensión o incomodidad.

Esta distinción exige perspectiva. Los discursos muy breves difundidos en línea pueden convertir indebidamente cada conflicto en una «señal de alerta», cada necesidad de espacio en abandono o cada desacuerdo en manipulación. A la inversa, algunos contenidos banalizan la desconfianza hacia las mujeres o los hombres y presentan a la pareja como una relación de fuerza permanente. Estas generalizaciones alimentan una guerra de sexos que hace más difícil la confianza.

Sin embargo, las relaciones sólidas no exigen negar las diferencias culturales, familiares o personales. Exigen hablar de ellas sin reducir al otro a su género o sus orígenes. En este ámbito, el amor no sustituye ni al consentimiento, ni al respeto, ni al diálogo.

La búsqueda de la realización personal y la dificultad de renunciar

La pareja contemporánea suele evaluarse a través de la realización individual: ¿soy feliz, valorado, deseado, comprendido? Estas preguntas son legítimas. Han permitido cuestionar la idea de que habría que permanecer casado a cualquier precio, incluso en detrimento de la seguridad o la dignidad.

Pero el compromiso también implica una parte de renuncia. No consiste en encontrar a una persona perfecta ni en dejar de notar para siempre a alguien atractivo o interesante. Consiste en elegir una relación y no cuestionar sistemáticamente esa elección porque una posibilidad teórica parezca más seductora.

Esta capacidad es difícil de cultivar en un entorno organizado en torno a la novedad: un producto nuevo, un contenido nuevo, un perfil nuevo, una distracción nueva. La fidelidad, la paciencia y la reparación de los conflictos no producen el mismo efecto inmediato que la novedad permanente. Sin embargo, siguen siendo esenciales para construir una intimidad que resista el paso del tiempo.

El peso de la vivienda, el empleo y la planificación familiar

El descenso de los matrimonios no puede analizarse sin tener en cuenta las condiciones materiales. Según los elementos citados, la relación entre los precios inmobiliarios y los ingresos de los hogares seguía siendo, en 2022, muy superior a su nivel de principios de los años 2000. Por tanto, el acceso a la propiedad exige un esfuerzo mayor para una parte de los hogares jóvenes.

El coste de la vivienda, la inestabilidad laboral, los contratos precarios y la dificultad para dejar el hogar familiar pueden retrasar la convivencia en pareja, el matrimonio o la llegada de un hijo. Cuando resulta difícil prever los ingresos, el alquiler o el lugar de residencia a medio plazo, se vuelve más complejo plantearse un crédito, una ceremonia o una familia.

Los datos mencionados también indican unas 644.000 nacimientos en Francia en 2025 y un indicador coyuntural de fecundidad de alrededor de 1,56 hijos por mujer. Estas evoluciones no se explican solo por la economía: también cuentan las aspiraciones profesionales, la edad al tener el primer hijo y la decisión de no tener hijos. Pero sería reduccionista reprochar falta de planificación a jóvenes que se enfrentan a condiciones más inciertas para proyectarse.

El miedo a la ruptura y la juridificación de la pareja

Para algunas personas, el matrimonio también se concibe a través del riesgo de la separación. El reparto de bienes, la prestación compensatoria, la pensión alimenticia, la organización de la residencia de los hijos y los posibles litigios pueden generar una lógica de precaución incluso antes de celebrar la unión.

Sin embargo, estos mecanismos jurídicos tienen una función: evitar que un cónyuge que haya reducido o interrumpido su carrera, en particular para cuidar de los hijos, se quede sin recursos tras una separación. La prestación compensatoria pretende compensar una diferencia de nivel de vida creada por el divorcio; no es una sanción automática por culpa.

La paradoja es que unas protecciones pensadas para hacer más equitativa la ruptura pueden alimentar, en algunas personas, una visión del matrimonio como una operación de gestión del riesgo. Las capitulaciones matrimoniales, las cuentas separadas y la protección del patrimonio pueden ser decisiones razonables. Sin embargo, no sustituyen ni una conversación honesta sobre el dinero, ni un acuerdo sobre los sacrificios profesionales, ni una confianza construida con el tiempo.

Los modelos familiares y las fragilidades afectivas

Las trayectorias familiares también cuentan. En 2023, el 67 % de los menores vivía con sus dos padres en una familia denominada tradicional, el 23 % en una familia monoparental y el 10 % en una familia reconstituida, según los datos mencionados. Estas situaciones no determinan el futuro afectivo de un niño: crecer con un solo progenitor no condena a nadie a la inestabilidad, del mismo modo que vivir con dos padres no garantiza una futura relación serena.

Sin embargo, los trabajos sobre la transmisión intergeneracional de la inestabilidad conyugal sugieren que las experiencias familiares pueden influir en las formas de vincularse y de gestionar los conflictos. Una relación parental muy conflictiva puede ser tan determinante como una separación. Por tanto, el reto no es culpabilizar a las familias, sino reconocer que se puede aprender a comunicarse mejor, tolerar la frustración y pedir ayuda cuando los miedos al abandono o a la evitación lo ocupan todo.

Preservar una vida personal no significa huir de toda cercanía. Precisamente, una relación equilibrada puede combinar presencia, autonomía y estabilidad, como recuerda la importancia de un espacio personal respetado en la pareja.

Independencia o aislamiento: una frontera que no debe confundirse

La valoración de la autonomía responde a una necesidad real: nadie debería depender enteramente de una pareja para existir. Pero la autonomía no es aislamiento. La Organización Mundial de la Salud estima que alrededor de una de cada seis personas en el mundo experimenta soledad, con niveles especialmente altos entre adolescentes y adultos jóvenes.

La soledad y el aislamiento social se asocian con mayores riesgos para la salud mental y física. Esto no significa que el matrimonio sea un tratamiento contra la depresión ni que la soltería sea un fracaso. Una persona soltera puede estar rodeada y realizada, mientras que una persona casada puede sentirse profundamente sola. La cuestión es más bien la calidad de los vínculos: familia, amistades, vecindario, comunidad y pareja.

Una familia o una red de relaciones estable puede compartir recursos, apoyar durante periodos de desempleo o enfermedad, transmitir conocimientos y acompañar a los hijos. Esto no justifica sacralizar cualquier unión. Simplemente recuerda que el vínculo duradero tiene un valor social que va más allá del consumo y de la imagen de la pareja perfecta.

Construir un compromiso elegido

Por tanto, la cuestión no es restaurar un modelo en el que el divorcio sería vergonzoso, las mujeres dependerían económicamente de los hombres o las dificultades deberían silenciarse. Se trata de comprender cómo hacer posible el compromiso en una sociedad que a menudo anima a mantener todas las puertas abiertas.

Una pareja duradera se basa menos en una promesa abstracta que en prácticas concretas: hablar sobre las expectativas, la vivienda, el dinero, los hijos, la fidelidad, el reparto de tareas y la relación con las familias. También se basa en la capacidad de establecer límites claros frente al control. El origen de los miembros de la pareja o la forma de la relación nunca protegen de la violencia; la seguridad, el consentimiento y la autonomía siempre deben seguir siendo prioritarios.

Los jóvenes no rechazan necesariamente el amor ni la familia. Evolucionan en un contexto en el que las protecciones, las libertades, las limitaciones económicas y las demandas digitales redefinen profundamente el sentido del matrimonio. El reto consiste menos en volver atrás que en reconstruir referencias de confianza, responsabilidad y solidaridad compatibles con las libertades conquistadas.

Preguntas frecuentes: matrimonio y compromiso entre los jóvenes

¿De verdad los jóvenes ya no quieren vivir en pareja?

No. El descenso del matrimonio no significa un rechazo general de la vida en pareja. Muchas parejas viven juntas, tienen hijos o construyen proyectos sin casarse.

¿Por qué el coste de la vida influye en el matrimonio?

El elevado coste de la vivienda, los ingresos inciertos y la dificultad para hacer planes pueden retrasar decisiones que implican un hogar común, un crédito o la llegada de un hijo.

¿Las redes sociales destruyen las parejas?

No determinan por sí solas el futuro de una relación. Sin embargo, la comparación permanente, los discursos polarizados y la puesta en primer plano de los conflictos pueden debilitar la confianza y la percepción de la pareja.

Christiano Btf

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